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miércoles, 29 de noviembre de 2023

El enigma del Ifiscope, desvelado

Cuando hablamos del Ifiscope nos quedamos con el comecome de no lograr desentrañar qué objetivos anamórficos utilizaba Iquino en la películas que estrenaba con su marca de pantalla ancha.

Nos ha descubierto el secreto un reportajito sobre el rodaje de Los ángeles del volante (1957) incluido en la edición 733-A del noticiario No-Do. Durante la filmación en el madrileño Parque del Retiro, aparece Iquino dirigiendo a Manolo Morán, Pepe Isbert, Juanjo Menéndez, Tony Leblanc y Mery Martin. También comprobando el encuadre a través del visor de una Super Parvo Debrie.

Un plano de detalle del objetivo nos permite corroborar que es un Dyaliscope fabricado por firma Satec en Saint-Cloud.

sábado, 5 de agosto de 2023

Pan and Scan sobre el Dyaliscope

 Las lavanderas de Portugal / Les lavandières du Portugal
(Ramón Torrado / Pierre Gaspard-Huit, 1958)

emitida por TV recortada a 4/3...

... y cuya versión francesa respeta el Dyaliscope
 
Algunos ejemplos de la pérdida de información y del absurdo de la composición de los encuadres al recortar la imagen...
 
 



viernes, 17 de agosto de 2018

El Magnoscope, sucedáneo nacional del Dyaliscope

  
Carta a Sara / Tormento d'amore (Leonardo Bercovici y Claudio Gora, 1956) fue el guión que Juan Antonio Bardem le entregó al productor Eduardo Manzanos cuando éste le preguntó -a raíz del éxito en Cannes de Bienvenido, míster Marshall (Luis G. Berlanga, 1953), en cuyo libreto había colaborado Bardem- si tenía algo escrito. Luego, ambos decidieron rodar Cómicos (1954) y Manzanos incluyó el argumento de Carta a Sara entre sus proyectos de coproducción con Italia, que entonces daban sus primeros pasos. El guión -al menos en la copia italiana- está firmado por el marido de Marta Toren, Leonardo Bercovici, que figura como codirector con Claudio Gora, en tanto que Eduardo Manzanos aparece acreditado como "director de la versión española" a efectos de cubrir los cupos sindicales y cobrar la consiguiente subvención.

De la fotografía se hace cargo Alfredo Fraile, uno de aquellos operadores que se habían formado durante la República con el alemán Enrique Guerner y luego aplicaron su técnica del claroscuro al cine de posguerra. Fraile formó un triunvirato con el realizador Rafael Gil y el escenógrafo Enrique Alarcón, que pasó de Cifesa a Suevia Films y de aquí a Aspa Films dejando su sello en cuanto hicieron. Desde mediados de los sesenta Fraile deja de lado la fotografía para centrarse en labores de producción en comandita con Arturo González. En 1955 se enfrenta por primera vez al color y a la pantalla ancha. En la segunda versión de El difunto es un vivo (Juan Lladó, 1955) rueda en Agfacolor y con las lentes anamórficas denominadas Ifiscope. Al ser una comedia -género por el que no siente demasiada devoción- el trabajo resulta más plano que en Carta a Sara, fotografiada en el habitual blanco y negro contrastado y mediante un procedimiento anamórfico que en España se denominó Magnoscope. Esta marca sólo la encontramos en la producción de Unión Films, la productora de Manzanos.

Carta a Sara se presentó en Italia con como Cinepanscope, Río Guadalquivir / Dimentica il mio passato (Primo Zeglio, 1956), como Cinetotalscope, y Las aeroguapas / Le belle dell'aria (Mario Costa, 1957) -de nuevo con fotografía de Fraile-, como Cinescope, marcas todas con las que se comercializaban en el país transalpino los objetivos franceses de Dyaliscope. Sin embargo, en la documentación y en la publicidad española el procedimiento figura siempre con la denominación autóctona.

En los diversos presupuestos de Carta a Sara que Manzanos elabora en tanto se concreta el contrato de coproducción, el canon por esta patente pasa de las 350.000 pesetas iniciales a 150.000. El ajuste a la baja que el Servicio de Ordenación Económica de la Cinematografía del Ministerio de Industria realiza de los costes con objeto de fijar la ayuda oficial reduce dicho royalty a 100.000, pero admite la contratación de un segundo foquista por este mismo concepto.


La composición juega abundantemente con la pantalla ancha, tanto para marcar la distancia entre los personajes como para aislarlos mediante reencuadres. Eso sí, los objetivos más angulares provocan distorsiones en los extremos de la pantalla perceptibles en algunos encuadres.


domingo, 24 de junio de 2018

Bardem en Dyaliscope

Jacqueline (Corinne Marchand), vedette de la compañía de revista de don Jerónimo (José Franco), se ve obligada a quedarse temporalmente en un vetusto pueblo castellano debido a un ataque de apendicitis. La atiende don Enrique (Antonio Casas), el médico local. El círculo de amistades de Julia (Julia Gutiérrez Caba), su mujer, se reduce a las beatas locales. Completa el cuadro protagonístico de Nunca pasa nada / Un femme est passée (Juan Antonio Bardem, 1963), Juan (Jean-Pierre Cassel), que da clases particulares de francés a Enriquito, el hijo del matrimonio.

Abrumado por una vida matrimonial y profesional frustrante, Enrique ve en Jacqueline el último tren para salir de la abulia y la retiene con la excusa de la convalecencia. Pero igualmente fracasadas han resultado las ilusiones de Julia, que de soltera incluso soñó con ser actriz. Y las de Juan, reducido a dar clases a una partida de mocosos que terminarán convirtiéndose en gentes como sus padres.

Julia, Enrique, Juan… son víctimas de este enclaustramiento físico y emocional que les impide expresar libremente cualquier sentimiento. Bardem aprovecha su primera incursión en la pantalla ancha –con las lentes anamórficas francesas Dyaliscope, gracias a la coproducción- para retratar a los personajes en su entorno, reforzando esta estrategia mediante el empleo sistemático del plano-secuencia.


El otro logro de orden técnico -habitualmente silenciado y harto insólito en el cine español de la época- es la utilización del sonido directo en las escenas en las que Jean-Pierre Cassel no está doblado.

Si bien el cuadro de la hipocresía y el chismorreo provincianos remiten evidentemente a Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956), Medina del Zarzal, con su yugo y sus flechas a la entrada es sinécdoque de una España sojuzgada por el emblema y en la que, en efecto, "nunca pasa nada". Aparte de Juan, el único que habla francés en el pueblo es un viejo republicano que cruzó los Pirineos en 1939 y terminó en un campo de concentración custodiado por senegaleses. Eso es lo que recuerda de Francia y el nombre de algún político ultraderechista de la época que Jacqueline no conoce.